Asco. Eso es lo que siento últimamente cuando hecho un vistazo a las noticias que se publican últimamente sobre aquellos que nos dedicamos a la Res Pública. Y no es que no haya gratas noticias de iniciativas que llevan a cabo los políticos de este santo estado plurinacional del que formo parte, pero claro, los escándalos copan los titulares.
Cocaína comprada con dinero público, trajes, prevaricación.., escándalos urbanísticos… Y es que parece que un ladrón sustituye a otro, como en una carrera de relevos.
Y de la indignación y el asco paso a la comprensión. Comprendo que, viendo este escenario, el común de los mortales piense que toda la clase política, desde el político de base hasta las altas esferas estén enfangados en estos barrizales. De la duda de si el alcalde o concejal de turno se ha pagado el piso trabajando para el pueblo, se pasa a la certeza de que el inmueble en cuestión ha salido de unos “extras” que algún amable empresario a tenido a bien abonar por unos servicios que el político ha tenido a bien prestarle.
La crisis además, agudiza el cabreo, porque claro, mientras el grueso de los asalariados se ajusta el cinturón, observa atónito, como el político al que votó, por esa confianza y honradez que le inspiraba, se ríe de él haciendo uso privativo de dinero público o, delinquiendo para sacarse esos extras.
Y de ese axioma: “todo político es corrupto por definición”, se corre el peligro pasar a pensar que todo eso es normal. Y como es normal, se acaba convirtiendo en algo con lo que se convive tan alegremente, porque “está mal, pero como todo el mundo lo hace, es normal”. Pues no. Me niego a caer en el consentimiento tácito, me niego a pensar que esto sea normal, y por tanto no debemos permitir que algo que vemos habitualmente en los periódicos o escuchamos en las radios, sean cosas normales. El que delinque a la cárcel, pero además que devuelva lo que ha robado.
No obstante, y dicho todo esto, me reafirmo en lo que siempre digo y pienso, la mayoría de la clase política es honrada. Todos los días veo gente que sigue creyendo que su función es la de servir, servir al pueblo, y no servirse de él. Gente que se levanta temprano y se acuesta tarde, haciendo bien su trabajo, o, al menos, tratando de hacerlo, con ganas y voluntad. Muchos de ellos yendo a sus Ayuntamientos antes y después de su jornada laboral para dar lo mejor de sí mismos, para sacar adelante sus respectivos pueblos. Y estos son más, muchos más que toda esa banda de chorizos que piensan que tienen patente de corso y que pueden hacer lo que quieran.
No me queda por tanto nada más que a animar a todas y todos aquellos que trabajamos con honradez en lo público, a seguir haciéndolo, con el convencimiento de que al final el trabajo bien hecho se verá recompensado. Aunque ya lo decía Thomas Jefferson: “Nadie abandona el cargo de presidente con el mismo prestigio y respeto que le llevo ahí.”
2012/10/24 10:00
En Txorierri tenemos un Plan2012/01/12 21:00
Un susto cada 500.000 años